Un día lluvioso en la sabana,
como tantos en temporada de invierno, un velo de novia cubría el horizonte. A
lo lejos, la mirada se perdía en lo profundo, mientras un frío sabroso
despertaba las ganas de sentir el aroma de un café recién colado; ese que invita
a calentar el cuerpo para iniciar la faena diaria.
Eran apenas las seis de la mañana
y ya todo clareaba. La Chivita estaba en pie desde muy temprano, pues le tocaba
organizar todo para entregar la leche necesaria a los demás animalitos que iban
a la escuela. A ella no le importaba madrugar; veía su labor como una misión de
vida. Trabajaba con la ilusión de saberse importante para los hijos de sus
amigos y para todos los pequeños de la sabana.
Su creencia era cierta: ella era
fundamental. Sin la proteína de su leche, seguramente muchos no podrían
estudiar bien. Por eso, todos valoraban su entrega y se lo demostraban con
empatía y amor. La tenían en gran estima por su colaboración con esa gran causa:
los niños y su futuro educativo.
Una vez terminada su jornada, a
eso de las 7:15 de la mañana, la Chivita se dispuso a revisar su teléfono para
ver si sus padres le habían escrito o llamado. Para su alegría, vio un mensaje
de su mamá y comenzó a escucharlo con una sonrisa. Sin embargo, la sorpresa la
dejó sin habla. El teléfono se le cayó de las manos y, sin aliento, buscó donde
sentarse. ¿Qué mensaje habría escuchado? ¿Qué noticia habría perturbado la
felicidad con la que inició el día?
Era un mensaje que hablaba de la
naturaleza, del poder divino y de nuestra misión en el mundo; de cómo debemos
elegir entre el bien y el mal (ojalá todos tomemos el camino del bien), pues al
final, todos tendremos nuestra oportunidad de rendir cuentas. Mientras
procesaba la noticia, en cuestión de segundos, sus manos dejaron caer el
aparato entre las plantas.
Mientras pasaba el impacto
inicial, comenzó a repasar su vida: su familia y los momentos hermosos
compartidos con cada pariente. Por un efecto nervioso, se reía recordando las
anécdotas que su papá le contaba sobre los abuelos, los primos y su propia juventud.
Recordó el amor de su hogar y también aquella época de miseria, cuando sus
padres tuvieron que emigrar a otra sabana buscando una nueva vida; aun así,
evocaba ese tiempo con felicidad.
Se encontraba en el zaguán de su
casa, frente a un bello jardín de trinitarias coloridas, azucenas y lirios
maravillosos. Las flores, al percibir el pesar de la Chivita, susurraron la
noticia al sapito que descansaba entre ellas. Al oírlas, él se incorporó
rápidamente para ver qué sucedía.
MENSAJE 1: "Tu
padre está muy mal, lo están ingresando en terapia intensiva".
MENSAJE 2: "Tu padre acaba de tener un infarto. Se ha ido
al cielo de la sabana para ser un protector celeste para ti y para todos aquí.
Te ama, tu madre. Llámame".
El pobre sapito, que había
cantado toda la noche como un vigilante frente a la luna bajo el cielo
lluvioso, leyó los mensajes a pesar de su cansancio. Con un nudo en la garganta
y voz melodiosa, le dijo:
—¿Te acuerdas del cuento que tu papá les contaba a nuestros hijos? Aquel de
"Ángeles: Cuidadores de Almas", de mayo de 2009.
—Sí —respondió la Chivita—, lo
recuerdo como si fuera ayer.
—Entonces motívate, no desanimes. Tu padre nos enseñó el valor de los mayores y
que la muerte no es el final, sino un paso a un lugar mejor. A quienes tomaron
el camino del bien se les permite ser cuidadores de almas. Él está feliz con
Dios, bien cuidado, y como era un hombre bueno, seguro lo premiaron. Hoy nos
cuida desde arriba.
—Tienes razón, sapito. Aunque la
pérdida física me duele ahora mismo y me castiga el no haber hablado con él
antes de su partida, tienes razón. El dolor es solo mi deseo de tenerlo aquí,
pero lo tengo conmigo espiritualmente. Gracias por recordarme ese cuento que,
con sabiduría, ya nos preparaba para este momento. No perderé la motivación,
porque mi esperanza es tener ahora a un cuidador de almas velando por nosotros.
—A ver, sapito, tú que lo
conociste... ¿qué crees que le gustaría hacer ahora? Vamos, acompáñame.
Y colorín colorado, este relato
ha acabado. Espero que te haya gustado y te brinde un poco de ánimo y sentido
si has pasado por algo igual. Este cuento se acaba para que la esperanza
florezca.
